Nunca pensó encontrarse sentada en ese salón rodeada de seres que no tuvieran nada que ver con su persona y sobretodo que pudiera relacionarse con ellas de una manera casi agradable, haciendo de su existencia monótona algo tan efímeramente placentero. Después de sobrellevar diversas angustias a lo largo de su corta pero complicada vida, una bancada dura y sin forma, un papel de colores y el chillante sonido de las risas de sus compañeros de clases, la harían relajarse y transportarla fuera de su caos interno. El sonido del plástico de las plumas al ser masticadas por la diversidad de bocas que se encontraban a su alrededor, era sonido celestial ante las voces que habitaban su cerebro lleno de telarañas y hiel. Sólo con volear a su lado podía encontrar un mirada llena de incertidumbre, sin preocupaciones; llena de paz. Esa paz que tanto le hacía falta y que encontró en un aula cualquiera, de una universidad cualquiera, en una clase cualquiera.
Toda su dicha se resumía en las cosas simples que miraba. Las peleas de sus compañeros por un comentario tonto, las riñas insulsas por un punto de calificación. Todo tan sencillo. María tenía la posibilidad de convivir en ese mundo fácil, de quitarse la maraña de reflexiones acerca de un pasado difícil de concebir. Cada neurona de su cerebro, que antes poseía diversidad de cavilaciones filosóficas, ahora se llenaba de pensamientos transitorios, volátiles, totalmente ajenos a su personalidad, a su verdadera manera de ser. El parloteo de los compañeros se volvían graznidos gratos para sus tímpanos.
Por muy inexplicable que pareciera para María, el sólo hecho de encontrarse sentada en aquel molesto taburete por horas, aun a sabiendas de que estaría acabando con el poco trasero que poseía, había una serenidad que inundaba cada centímetro de su piel y su alma. Por muy irritante que se tornara su ambiente académico, María sabía sacarle provecho para reírse de éste. Mofarse de una calificación pobre, de un escándalo amoroso del chisme que el compañero sentado frente de ella le contara de manera efusiva... Era más sencillo que afrontar su propia realidad. Ella no podía reírse de las voces que escuchaba en su cabeza, no podía burlase de sí misma, por mucho que quisiera. Ubicada en la esquina inferior de su salón, María se convertía en espectadora de la comedia cotidiana más fantástica que pudiera ofrecerle el destino. Aquella obra donde los personajes son seres reales en su totalidad y carecían de eso que llaman los dramaturgos: sobreactuación.




